NAPOLI
En las terrazas de
la vía Posillipo se hizo el silencio por unos instantes. El atronador retumbar
de los fuegos artificiales provocó que las copas se posaran en las mesas, con la
gente volviéndose sobre sus sillas para presenciar el espectáculo del cielo
del San Paolo. El nuevo Napoli de Rafa Benítez se ponía en marcha y, como no
podía ser de otra manera, De Laurentiis hizo gala de su gusto por el
espectáculo y lo presentó a lo grande.
Quizá este es el
principal interrogante. ¿Será Benítez capaz, un tipo alejado de los focos y
las estridencias, de hacerse con las riendas del caballo desbocado e impetuoso
como el Napoli y su gente? Las bases para conseguirlo quizá no sean las más
sólidas, pero sí las más agresivas. El técnico madrileño contará con un
ataque de ensueño: Higuaín y Hamsk como estiletes, e Insigne, Callejón,
Pandev y Mertens para la rotación.
La duda reside en
la capacidad de la plantilla para evolucionar de manera inmediata a un cambio
de estilo, olvidando la seguridad de la línea de cinco defensores que se
asentó durante toda la etapa Mazzarri. Un plan de juego que echó raíces en
el seno del equ
ipo hasta el punto
de que en algunos momentos del curso pasado el club sureño fue considerado
como alternativa a erradicar la dictadura juventina.
Es, justo ese, el
peso que Rafa Benítez tendrá́ que llevar sobre sus hombros. Tras la venta de la
mayor referencia de la hinchada en los últimos años -Edinson Cavani salió́ por
una cantidad record dirección París-, De Laurentiis ha hecho una inversión que
hace soñar a los tifosi. Un discurso más alegre, que debería permitir al equipo
resolver situaciones que en la temporada pasada se atragantaron, hace pensar
que este Napoli puede rumorar éxitos que solo se conocieron con Maradona.
Sergio Fernández Aguado






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